Predicar El Evangelio a Los Católico-Romanos/Parte 6

By: Carlos Tomás Knott; ©1999
Es el último de una serie de 6 artículos sobre esta cuestión. ¿Para una persona religiosa, la pregunta que una persona pensativa debe pedir es, podemos alcanzar nosotros el cielo manteniendo los 10 mandamientos? Las Escrituras católicas dicen “no,” pero muchos católicos dicen “sí”.

El Destino Deseado

Predicamos el evangelio a los católico-romanos, y a todo otro ser humano, porque es la buena nueva del perdón de los pecados y la vida eterna. La salvación está en el Señor Jesucristo, no en un sistema ni en el cumplimiento de sacramentos. El Señor Jesús es el mediador del nuevo pacto, y nos invita al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16). La relación del creyente es directamente con el Hijo de Dios y el trono de la gracia, sin que se interpongan sacerdotes ni sacramentos como mediadores o dispensadores de la gracia de Dios. La iglesia no dispensa la gracia, sino que proclama que la gracia de Dios es hallada en la persona de Jesucristo. Y este verdadero evangelio del Señor Jesucristo, por la gracia de Dios promete a cada creyente el destino deseado. No solamente gozamos del perdón de nuestros pecados y la ayuda de Dios en esta vida, sino que también tenemos delante como esperanza la felicidad eterna en el cielo y la comunión eterna de Dios y los santos.

El escritor de la epístola a los hebreos nos recuerda más de una vez cuál es nuestra esperanza como creyentes salvados por la gracia de Dios. En el 1:14 somos llamados: “herederos de la salvación”, hermosa frase que indica que la salvación incluye mucho más que el perdón de nuestros pecados en esta vida. Hay un porvenir bendito y eterno delante de cada uno que confía en el Señor Jesús. El cielo es la morada eterna de los que el Señor Jesucristo ha salvado, y los siglos venideros en este lugar de santidad y felicidad mostrarán cuán grandes son los tesoros y las bendiciones de esta salvación.

En el 2:10 leemos: “habiendo de llevar muchos hijos a la gloria”, lo cual nos recuerda que nuestro destino es “la gloria”, y es Cristo quien nos llevará ahí por Sus méritos. No existe en la Biblia ninguna tesorería de méritos acumulados por los santos, puesto que la salvación es: “no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho” (Tito 3:5). Iremos a la gloria porque es la intención declarada del Señor Jesús llevarnos allá. La Iglesia no tiene hijos, ni es agencia de viajes para llevar a nadie a la gloria, puesto que los creyentes somos hijos de Dios, propiedad del Señor Jesucristo: “fruto de la aflicción de su alma” (Isaías 53:11). Repito, nuestro destino es: “la gloria”, y el Señor Jesús es el camino (S. Juan 14:6) y la puerta (S. Juan 10:9).

En el 6:18 Dios nos recuerda “la esperanza puesta delante de nosotros”. Se trata del destino. ¿Cómo clasifica esta esperanza? “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precur­sor…” (Hebreos 6:19-20). Para los que confiamos totalmente en el Señor Jesucristo y en Su obra consumada en la cruz, no en sacramentos ni en la mediación de sacerdotes y santos, hay una grata certidumbre acerca del futuro. ¡Tenemos en Cristo el destino deseado! “Segura y firme ancla del alma”, dice la Palabra de Dios, sin dejar lugar alguno para dudar. No es presunción que los que hemos creído digamos: “sé donde pasaré la eternidad”, al contrario, declaramos esto porque en Cristo tenemos una segura y firme ancla del alma. Para poner en entredicho la certidumbre de nuestra salvación primero habría que tocar el ancla de nuestra alma: ¡El Señor Jesucristo! Los católico-romanos no pueden decir esto, porque no tienen el destino deseado. No tienen el perdón definitivo de sus pecados, porque no aceptan la suficiencia y finalidad de la obra que Cristo consumó en la cruz. El catolicismo, un sistema inventado por los hombres, carente de salvación, solamente puede decir a sus adeptos que si siguen haciendo buenas obras y celebrando los sacramentos, quizá mueran en estado de gracia y vayan al cielo, pero probablemente no antes de ir primero al purgatorio.

Y así es, que si preguntamos a los viejos feligreses, a los que han practicado el catolicismo toda la vida, “¿qué les pasará después de la muerte?”, dirán que no saben. Su respuesta, si aceptan los dogmas de su iglesia, es que no lo saben con seguridad. Su concepto del futuro está sujeto a la incertidumbre de los sacramentos y las obras humanas, que nunca pueden hacer perfectos a los que los practican. Como Hebreos 10:2 afirma: “De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado”. En cambio, el sacrificio hecho y terminado: “una vez para siempre”, es eficaz para limpiar, santificar y perfeccionar al que confía en el Señor. “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14). Es porque el creyente tiene la conciencia limpia respecto al perdón de todos los pecados, que tiene certidumbre de ir al final a estar con el Señor. Nuestro destino deseado no es un sueño ni una esperanza en el sentido de probabilidad, sino algo establecido y cierto, porque Cristo: “con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Amigo lector, la expresión: “perfectos para siempre” significa exactamente lo que dice, no hay vuelta de hoja.

Una de las grandes promesas del nuevo pacto es: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). Puesto que Dios ha resuelto judicialmente la cuestión del pecado para cada uno de los que confían en el Señor Jesucristo, estos creyentes pueden estar seguros del destino deseado. La conclusión a la que el Espíritu Santo lleva al creyente en el libro de Hebreos es: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”. Por esto predicamos el evangelio a los católico-romanos, porque ellos no tienen esta certidumbre de fe, puesto que no existe en el Catolicismo Romano. Necesitan ser librados de la esclavitud a obras muertas que no contribuyen nada a la salvación, y del sistema que: “está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados” (Hebreos 10:11). Hebreos no solamente invita al creyente a acercarse, sino que le recuerda que: “fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23), y “…aquel día se acerca” (Hebreos 10:25), el día cuando iremos a estar con el Señor Jesucristo. ¡Bendita esperanza y bendita certidumbre!

En el 10:37 leemos: “aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. Los que creemos en el Señor Jesús esperamos Su venida inminente. En S. Juan 14:1-3, Él dio promesa de venir a por los Suyos, y llevarlos a estar con Él donde Él está, en el lugar que ha preparado para ellos. Hebreos 10:23 afirma que: “fiel es el que prometió”. Por esto esperamos estar con Él, en el cielo, donde Él está. Tan cierta es esta esperanza para el creyente, que el escritor en el capítulo 12 lo expresa así:

“…os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:22-24).

Está claro que este lugar no está en la tierra, no es Jerusalén en Israel, sino “la celes­tial”, ¡ni mucho menos podría ser el Vaticano! Nuestro destino deseado es celestial. Es la ciudad del Dios vivo (Apocalipsis 21:10-11), en compañía de muchos millares de ángeles. Allí está la congregación de los que están inscritos en los cielos. Están registrados en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 21:27), porque han hallado vida en Él. No en sacramentos, ni en ritos, ni en obras, sino en la obra que fue consumada hace dos mil años, cuando Jesucristo sufrió solo en la cruz como nuestro Sustituto, y habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados, encomendó Su espíritu en manos del Padre, y murió. Dios le resucitó el tercer día, y subiendo en triunfo, el Cordero de Dios se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Los que confiamos en Él hemos sido perdonados una vez para siempre, santificados y perfeccionados. Nuestra fe en el Señor Jesucristo nos es contada por justicia (Romanos 4:4-5). En lugar de volver a un sistema muerto y caducado de ritos, sacrificios y sacerdotes, confiamos en la promesa de Apocalipsis 22:4, “y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”. ¡Veremos a nuestro Señor y estaremos con Él por toda la eternidad! Él mismo es el deseo deseado.

Hebreos 12:28 dice: “así que recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia”. El escritor habla con certeza de lo que recibimos. “Un reino inconmovible”, porque es de Dios, y sabemos que lo recibimos porque depende de la obra de Cristo, no de la nuestra. Al hablar de nuestro destino deseado y asegurado, no es una muestra de arrogancia o atrevimiento, sino simplemente fe en el Señor y en Su Palabra. Los hombres construyen para sí reinos en este mundo, y hacen protagonismo de sí mismos y sus intereses, pero todo esto es pasajero. El reino del Señor Jesucristo es eterno. Dios dice acerca de los que creemos: “el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:13-14). Esto lo creemos porque Dios lo dice, que hay hoy redención por Su sangre, que hay hoy perdón de pecados, y es en base a estas gran realidades que hemos entrado en el reino del amado Hijo de Dios. Éste es el reino inconmovible.

Puesto que es así, ¿qué nos puede ofrecer una imitación del judaísmo, que no es ni siquiera el judaísmo que Dios estableció: “hasta el tiempo de reformar las cosas” (Hebreos 9:10), sino que es algo peor? Es una religión sucedánea, inventada por los hombres, un laberinto espiritual que no ofrece salvación, sino perdición segura. Si hablamos con certeza no es atrevimiento, sino fe en las promesas del Señor, porque: “fiel es el que prometió”. ¿Por qué no dejas tu religión y tradición, tus obras muertas que no tienen mérito alguno para salvarte? Son los mismos sacrificios ofrecidos una y otra vez, que nunca pueden quitar los pecados. ¿Por qué no vienes arrepentido de tus pecados, entre ellos tu religión, para confiar plena y únicamente en el Señor Jesucristo? Él te perdonará, te limpiará y te hará pasar “de muerte a vida” (S. Juan 5:24) en un instante, y tendrás con nosotros la certidumbre de morar en la casa del Señor para siempre (Salmo 23:6). “Hoy si oyereis su voz, no endurezcáis vuestro corazón”.

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