Predicar El Evangelio a Los Católico-Romanos/Parte 2 | John Ankerberg Show

Predicar El Evangelio a Los Católico-Romanos/Parte 2

By: The John Ankerberg Show
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By: Carlos Tomás Knott; ©1999
En este artículo, Carlos Knott explica que Jesús es El Unico Salvador, en comparación con enseñar romano de católico, que en realidad tiene a muchos salvadores, entre ellos: Mary y los santos, la iglesia, los sacramentos, aún un propios trabajo buenos de hombre. ¡Por contrasta la Biblia enseña que Cristo ya ha hecho todo el trabajo de guardar, y hay ningún otro Salvador!

El Único Salvador

¿Por qué predicar el evangelio a los católico-romanos? Porque ellos también necesitan a Jesucristo, no a la iglesia católica, para ser salvos. Aunque la iglesia romana afirma lo contrario muchas veces, por ejemplo, en el Concilio de Trento, (citado más de 70 veces en el Catecismo de la Iglesia Católica, 1994), la Biblia declara que Jesucristo es el único Salvador. Como venimos diciendo, todo lo que necesitamos está en Cristo Jesús, y Él es la última palabra de Dios a nosotros. No hay libro en la Biblia que mejor demuestre la suficiencia de Cristo que la epístola a los Hebreos. Estamos considerando cinco cosas que Jesucristo nos es, así como el libro de Hebreos expone. ¡Cuán dichoso es todo aquel que cree total y únicamente en el Señor Jesucristo para su salvación. Sin ir más lejos, aquí mismo en la entrada de la epístola, en el versículo 3, aparece otra de estas grandes cosas que tenemos en el Señor Jesucristo: el único y suficiente Salvador.

“El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”(He. 1:3).

Es un versículo que proclama, entre otras cosas, la divinidad y la suficiencia de Jesucristo para aquellos que confían en Él. El pueblo hebreo necesitaba oír estas cosas, necesitaba recordar que al hablar de Jesucristo no se trataba de un profeta entre muchos, ni siquiera de un profeta especial, ni de un ángel, sino de Dios mismo. El valor de Su obra radica en quién es Él. La identidad de Aquél que ha efectuado: “la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo” es algo importantísimo, que marca una de las grandes diferencias entre el verdadero cristianismo y todo lo demás. Jesucristo, Dios hecho hombre, fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Ro. 4:25). Nadie más fue entregado con Él. Nadie más murió por nuestros pecados. Nadie más ha resucitado para nuestra justificación. Ni mucho menos ha ascendido alguno, por santo que fuera, para sentarse a la diestra de la Majestad en las alturas, sino solo Jesucristo, quien es, en el verdadero cristianismo, el único y suficiente Salvador.

Para el lector hebreo de entonces, y hoy también si algún miembro del amado pueblo de Israel lee esto, sigue teniendo gran significado. Moisés no puede salvarnos, ni la Ley, ni las tradiciones del pueblo, ni las enseñanzas e interpretaciones de los rabís, ni los sacrificios levíticos ni la observación de las Fiestas de Jehová; solamente el Señor Jesucristo puede salvarnos. Por eso el libro de Hebreos expone las glorias y la suficiencia de la Persona y la obra de Jesucristo. La salvación no está en las obras de la Ley, ni al comienzo, ni a continuación, ni al final. Esto quiere decir que ni en la puerta, ni en el camino, ni en al destino. Uno no puede entrar en la salvación de Dios por obras de justicia, por buenas obras. Ni es posible, habiendo entrado por fe, por gracia, que nadie se mantenga salvo a través de obras de justicia durante la vida cristiana (Gál. 3:3). El libro de Gálatas establece este punto más allá de toda duda (Gál. 2:21). No figuran las obras ni para salvarnos ni para mantenernos salvos (Ef. 2:8-9; Tit. 3:5).

Pero Roma, en el Concilio de Trento, pone bajo anatema a cualquiera que diga lo contrario. Enseña a los suyos que la salvación depende de muchos factores. Pero los que confían en sus buenas obras o fiel devoción a una religión, quizá sin darse cuenta, están deseando compartir con Cristo Sus títulos de Salvador, Redentor y Mediador. Respecto a la justificación, la redención, nosotros somos los salvados o los salvadores, ¡pero no podemos nadar y guardar la ropa! La Biblia enseña que sólo Jesucristo

puede salvarnos, y el libro de Hebreos presenta con fuerza esta faceta de las glorias del Señor Jesús, para que los hebreos y los demás, como nosotros, nos demos cuenta del lugar único y suficiente que Jesucristo ocupa. ¡No hay otro como Él ni nadie que le haga sombra! Los católico-romanos necesitan escuchar y atender a este mensaje del verdadero evangelio, y por eso se lo predicamos, con el amor de Dios. Que sólo Jesucristo salva. No la Iglesia, ni el Papa, ni los méritos de los santos ni los de María, ni las intercesiones de los ángeles, ni el fiel cumplimiento de los Sacramentos, ni las buenas obras de los feligreses que permanecen en el seno de la iglesia romana. Todo esto es inútil para salvar, ni siquiera puede perdonar un solo pecado. La cuestión de la salvación está únicamente en las manos de Jesucristo. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14:6). Hace unos años que el Papa vino a visitar Santiago de Compostela en España, y los jóvenes católicos, para mostrarle su devoción y religiosidad, pagaron para que se pusiera en toda España unos grandes carteles al lado de las carreteras principales, donde normalmente las impresas pagan para poner su publicidad. ¿Y qué pusieron los jóvenes católicos de Santiago? Sólo la primera mitad de Juan 14:6, que dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Claro está que no podían continuar el texto sin anunciar a través del texto del santo evangelio cómo la iglesia romana usurpa el lugar de Cristo y obliga a la gente a ir a ella en lugar de ir a Él: “nadie viene al Padre sino por mí”. No hay más intermediario, vicario, mediador ni mediadora, sino sólo Jesucristo. Pero está bien documentado en los Concilios y Catecismos que la iglesia católica no cree esto, ni lo enseña. Una de sus palabras favoritas es “y”. Fe “y” obras. Cristo “y” María. La Biblia “y” la sagrada tradición. Nunca está contenta dejando a Dios tener la última palabra, sino que siempre viene con su “y”, añadiendo algo que arruina y confunde todo lo que Dios tan claramente había dicho. Así que, aunque la Biblia declara que Jesucristo es el Salvador, la iglesia católica enseña a sus feligreses que necesitan los sacramentos para salvarse. El Concilio de Trento dijo:

“Si alguno negare, que se requieren para el entero y perfecto perdón de los pecados, tres actos de parte del penitente, que son como la materia del sacramento de la Penitencia; es á saber, la Contrición, la Confesión y la Satisfacción, que se llaman las tres partes de la Penitencia… sea excomulgado” (Sección XIV, CAN. IV).

Esto es sólo un ejemplo entre muchos de los anatemas y las excomuniones que esperan a aquellos queno aceptan lo que dice la iglesia por encima de lo que dice la Palabra de Dios. Ella también les enseñaque necesitan el bautismo infantil para supuestamente lavarles del pecado original y hacerles nacer denuevo. Según ella, necesitan la primera comunión y todas las demás comuniones, la santa misa, paraobtener gracia, así como necesitan la confesión para absolver sus pecados, y la extrema unción al finalde la vida, porque todavía, después de practicar el catolicismo romano toda la vida, aunque lo hicierantal como su iglesia prescribe, no tienen resuelta la gran cuestión de sus pecados. Por eso, por si a caso,está la extrema unción para morir en estado de gracia: “habiendo recibido los sacramentos y la bendiciónapostólica”. (Suelen decir esto aun mintiendo cuando alguien haya muerto en un accidente de coche, deun infarto o en suicidio. ¡Son capaces de mentir para hacer ver que cumplen las normas que ellos haninventado, mandamientos de hombres!) Y después de muertos, a estos feligreses les espera el purgatorio,dice la iglesia romana. Entonces, preguntamos, ¿dónde está la salvación y el perdón de los pecados?¿Dónde está la promesa del Señor: “no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”? (Jn.5:24). El oscurantismo de la iglesia romana ha quitado de todos estos textos su promesa y la esperanzapura y sencilla que engendran. Predicamos el evangelio a los católico-romanos porque han sidoengañados, porque para ellos Cristo no es suficiente. Porque buscan y esperan la salvación donde nohay, de alguien o algo que no puede salvar. Sólo Jesucristo salva, no Jesucristo “y” otra cosa o persona.

Cristo es suficiente, esto es, que salva completamente, del principio al final. El apóstol Pedrodeclaró:

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). No sólo los judíos necesitaban oír esto, sino también hoy en día los católico-romanos deben hacer caso a las palabras del apóstol, porque son palabras divinamente inspiradas por el Espíritu Santo. “En ningún otro hay salvación”, es un absoluto, esto es, ni en la iglesia, los sacramentos, los méritos o las intercesiones de los santos, ni en las buenas obras.

El Señor Jesucristo sufrió solo en la cruz pagando por nuestros pecados, y Él sólo obtuvo en la cruz nuestra eterna redención (He. 9:12). Nadie más sufrió con Él para redimirnos. María no es co­redentora, esto es, si hacemos caso de la Sagrada Biblia y no de las palabras de hombres. Ella, aun siendo la mujer piadosa y ejemplar que era, dijo en Lucas 1:47, “Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Ella es siempre bienaventurada entre las mujeres, porque fue sierva de Dios por la cual nuestro Señor Jesucristo se encarnó y vino al mundo, pero aun así, María reconocía que necesitaba ser salvada, y dijo: “Dios mi Salvador”. En el libro del profeta Isaías leemos lo que Dios declaró: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22). ¿Se atreverá la iglesia católica romana a decir: “mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra”? Si lo hace, es un error triste y grave, de esta manera blasfemaría y se mostraría falsa profetisa, porque son palabras divinas. Las puede decir sólo aquel que puede decir también: “porque yo soy Dios, y no hay más”. Para ser Salvador es necesario ser Dios. ¿Quién sufrió en la cruz? Hebreos 1:3 dice que fue el Señor Jesucristo, y no es casualidad que el mismo versículo declara Su divinidad, porque sólo Dios puede efectuar la purificación de nuestros pecados “por medio de sí mismo”. Jesucristo es: “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. Es Él, no María ni los santos, quien después de terminar la obra de nuestra redención: “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Entonces, ¿por qué predicamos el evangelio a los católico-romanos? Porque son adeptos de una religión que blasfema a Dios declarando que hay salvación en la iglesia, esto es, en sus sacramentos, y que oculta el verdadero y puro significado de la obra de Cristo para obtener para nosotros eterna redención. No redención “a plazos”, de semana en semana, de confesión en confesión, de misa en misa, de obra en obra, sino: “una vez para siempre” (He. 10:10). La iglesia no santifica ni perdona ni salva a nadie. Atendamos a la Palabra de Dios: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (He. 10:10). “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12). “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14). Dios ama a los católico-romanos y quiere que salgan del sistema que les engaña e impide que hallen la salvación. Quiere que sepan que no hay más ofrenda por el pecado (He. 10:18), y esto va en contra de lo que la iglesia católica romana dice acerca de la misa, que es un sacrificio incruento. Dios dice que la obra de salvarnos ha sido terminada por el Salvador único y perfecto, el Señor Jesucristo. Cuando Él expiró en la cruz, justo antes había gritado: “Consumado es” (Jn. 19:30). No “comenzado es”. No: “he hecho 99% y ahora sólo queda que cada uno aporte su pequeña parte”. Cristo no permanece “en una actitud de oblación” ante Dios, misteriosamente haciendo de modo incruento la obra para salvarnos, como la iglesia romana enseña. Por esto tenemos que predicar el evangelio, porque dice lo que la iglesia católica no dice. El santo evangelio declara que Cristo hizo todo, y no queda por hacer ninguna obra de salvación. El evangelio deja que “consumado es” signifique exactamente lo que dice. Hay salvación plena en Cristo, no a plazos, no poco a poco, sino perdón total y completo de todos los pecados, pasados, presentes y futuros. No hay que pagar nada, porque Cristo ha pagado todo en la cruz. ¡Éstas sí que son buenas noticias!

La salvación depende de Cristo, y Él, tan confiado y seguro está de que no queda más obra para salvarnos, ¡que se ha sentado a la diestra de Dios Padre! Es la postura del obrero que ha terminado su trabajo. En el Antiguo Testamento, los sacerdotes levíticos servían en el tabernáculo y luego en el templo, ofreciendo sacrificios a Dios. Pero en todo el mobiliario de aquellos lugares, no hubo ninguna silla. No se podían sentar, porque siempre quedaba obra que hacer, puesto que lo suyo era una figura, una sombra imperfecta, y no realmente la gran obra redentora y definitiva que Cristo vendría después a hacer. Por eso, el autor de Hebreos señala este detalle con respecto a la salvación que hay en Cristo:

“Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados, pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:11-12).

Estas palabras muchas veces me recuerdan lo que hacen también los sacerdotes católico-romanos. Siempre están ofreciendo, día tras día, los mismos sacrificios que no pueden quitar los pecados. No han aprendido a confiar en Jesucristo y Su obra perfecta y terminada. Su religión les manda hacer algo inútil: ofrecer sacrificios que no pueden quitar los pecados. El escritor de la epístola a los Hebreos, en Hebreos 1:3, enfatiza que Cristo terminó la obra, cuando dice que: “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó…”. Se sentó porque terminó la obra de salvación. El Señor Jesucristo es el Salvador único y perfecto. Está sentado en la gloria. Todo está hecho. No quedan obras que hacer, ni precio que pagar, ni podemos merecer de manera alguna la gracia de Dios. La salvación es sencillamente mediante la fe en Aquel que ha hecho todo. El mensaje del evangelio que los católico-romanos necesitan tanto oír es: “todo está dispuesto, venid a las bodas” (Mt. 22:4). La salvación es como una gran cena de bodas a la cual hemos sido invitados, y todo el trabajo ha sido hecho, todo está preparado. Somos invitados, no venimos pagando nada. No merecemos la entrada, sino que hemos sido favorecidos con una invitación que realmente no nos corresponde. Alguien ha dicho que el reino de Dios es la única sociedad cuyo requisito para entrar es: no ser digno, no merecerlo. “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15). Los hombres no se pueden salvar. La religión no puede salvarles. La iglesia no puede. Los sacramentos no pueden. Los santos no tienen méritos que ofrecer a nadie para salvarle, porque ellos mismo han sido salvados sin mérito, por pura gracia divina, porque creyeron en Él que declaró: “consumado es”.

¡Cuánto deseo que mis queridos lectores católicos puedan ver esta verdad, que Jesucristo ya ha hecho todo, y que puedan salir de la esclavitud a los mandamientos y las tradiciones de la iglesia católica romana, y que hallen en Cristo la salvación completa y perfecta, “para siempre”. Y por esto, nosotros los que conocemos así a Cristo, mientras vivamos, predicaremos a todo el mundo, incluso a los católico-romanos, la buena nueva de aquel que ya ha efectuado: “la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo”. Nadie se purifica por medio de sacramentos. Cristo purifica para siempre a todo aquel que confía en Él. El Señor ha hecho la obra de salvación tan bien, está tan completa y perfecta, que Él se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Así que, todo está hecho, todo está dispuesto. Deja la religión y las tradiciones de los hombres que usurpan el lugar de Jesucristo como Salvador, y ¡ven a las bodas!

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