El Infierno/Part 2

By: John G. Weldon; ©2012
El infierno es eterno porque el pecado, a pesar de ser finito en sí mismo, se comete principalmente en contra de un Dios infinito; por lo tanto, el castigo también tiene que ser infinito.

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¡Por Qué El Infierno Es Eterno?

Primero, el infierno es eterno porque el pecado, a pesar de ser finito en sí mismo, se comete principalmente en contra de un Dios infinito; por lo tanto, el castigo también tiene que ser infinito. Entre la humanidad existen diferencias tanto sobre el pecado como sobre el castigo, dependiendo de la clase de pecado y contra de quién se comete. No es lo mismo decir una mentira blanca como el asesinar a un niño; tampoco es lo mismo pecar en contra del rey que en contra de un vecino. Amenace usted la vida del perro de su vecino y eso enfurecerá a su vecino, pero amenace la vida del Rey y eso le costará a usted la vida. Ahora imagínese lo que es cometer un pecado en contra de un Dios cuya santidad es infinita y no tiene límites.

Si Dios no existiera, entonces el pecado humano ciertamente sería finito y cometido solamente en contra de otras personas lo cual amerita solamente un castigo finito. Pero el pecado cometido en contra de un Dios infinito difícilmente puede calzar dentro de la misma categoría. Finito multiplicado por finito es igual a finito, finito multiplicado por infinito es igual a infinito, no a finito. El pecado humano finito cometido en contra de un Dios infinito es, en efecto, un pecado infinito o eterno. Como el connotado teólogo John Piper lo puso, lo que la gente cree de nuestro pecado no tiene importancia relativa; lo que Dios piensa de nuestro pecado es infinitamente importante.[1]

De nuevo, la severidad del pecado se encuentra en la relación con la persona en contra de la cual se pecó. El gran Rey de Israel, David, señaló que, a pesar de que de hecho él había cometido adulterio con Betsabé y había ordenado el asesinato de su fiel soldado Urías para cubrir el pecado (2 Samuel 11), fue “contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4).

El mismo Jesús enseñó que hay un pecado eterno que nunca tendrá perdón en esta vida—la blasfemia en contra del Espíritu Santo, la cual, a pesar de cómo se interprete en su contexto inmediato, en última instancia debe de referirse al rechazo del testimonio del Espíritu Santo para la necesidad de la verdadera fe en Cristo. En otras palabras, el pecado eterno constituye la incredulidad no arrepentida hasta la muerte (Vea Juan 16:8-9)

Puesto que todos los pecados son potencialmente perdonados excepto uno (Mateo 12:31), el único pecado que no puede ser perdonado es el que lleva a la perdición, el rechazo final de Cristo. Este debe de ser el “pecado eterno” al que Jesús se refirió, el cual nunca tiene perdón, ni en esta vida ni en la próxima que es eterna. El punto es que una autoridad, ni más ni menos, que la de Jesús—Dios en carne humana—claramente se refiere a un pecado humano, finito, que es capaz de tener consecuencias eternas, un pecado eterno. “Pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno” (Marcos 3:29; Mateo 12:31-32). Todo pecado es eterno en sus consecuencias; la única cosa es si es perdonado o no. Pero Jesús se refirió al único pecado que es eterno para enfatizar que nunca podrá ser perdonado, ni en esta vida ni en la otra.

Si la incredulidad no arrepentida es un pecado eterno que nunca tiene perdón, entonces es cierto que las acciones temporales en esta vida ciertamente pueden tener consecuencias eternas.

Toda la gente sabe que el ideal de la justicia es que el castigo corresponda al crimen. Idealmente, robar un automóvil y asesinar a un niño no deben de recibir el mismo castigo. En el mundo antiguo no había autoridad más alta que el rey. Si pecar en contra de un rey finito le costaba la vida a una persona, luego pecar en contra de un Rey infinito le costaría a esa persona infinitamente más. De nuevo, si la clase y naturaleza del pecado más las circunstancias determinan el resultado o las consecuencias del pecado, ¿qué pasa cuando nos trasladamos de la interacción humana a humana, a la interacción humana a divina? Nos encontramos con algo enteramente nuevo—un pecado finito cometido en contra de un ser infinito. ¿Qué clase y naturaleza de pecado es este?

Ciertamente es enorme, pero de hecho es infinito. De nuevo, cualquier cosa finita multiplicada por algo infinito produce un resultado o consecuencia infinita. Si el castigo corresponde al crimen, ¿cuál sería el castigo apropiado por la desobediencia en contra del infinito, de un Dios infinitamente santo y justo? Si nuestros pecados son finitos cuando se cometen en contra de otros seres finitos, entonces, ¿no son ellos infinitos cuando se cometen en contra de un Dios infinito, completos con consecuencias eternas?

Pero observen que si un infierno eterno existe, definitivamente debe de ser consistente con la naturaleza esencial de Dios y Su carácter. Dios es infinitamente santo, justo, amoroso, y misericordioso. Esto significa que una vez que Dios declara que un infierno eterno existe (como en Mateo 25:46), por definición eso está en armonía con Su infinito amor y misericordia. Como lo anotan las Escrituras,

“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto” (Deuteronomio 32:4).
“…porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos” (Daniel 4:37).
“¿Acaso torcerá Dios el derecho, o pervertirá el Todopoderoso la justicia?” (Job 8:3).
“Lejos esté de Dios la impiedad, y del Omnipotente la iniquidad” (Job 34:10).

Entonces, el “problema” de un infierno eterno no está de acuerdo al carácter de Dios, como si el amor infinito y el castigo eterno fueran de alguna manera incompatibles. El infierno no es ni más ni menos que una justicia perfecta y absoluta; no podría ser de otra manera. Y eso es algo bueno. El problema del infierno reside precisamente y enteramente en nosotros: nosotros no tenemos ningún concepto de lo que literalmente debe de ser la santidad infinita, o cómo es que se debe de responder al pecado y la maldad humana. Si “Dios es amor” (1 Juan 4:8) y por consiguiente infinitamente amoroso, y sin embargo el infierno existe, entonces debe quedar claro que un infierno eterno es consistente con el infinito amor y misericordia de Dios.

De hecho, el infierno existe en el “lado opuesto” del amor de Dios. El infierno es la justicia perfecta en la escala de las normas infinitas, y si Dios no mantuviera Su justicia perfecta, tampoco podría ser un Dios de amor perfecto. Si Dios es amor, entonces Él debe de actuar solamente de acuerdo con lo que es consistente con su carácter amoroso, lo cual incluye Su justicia y santidad. Si Dios no fuera amor, nadie podría amar, de igual manera si no hubiese un Dios, no habría ateos.

La segunda razón por la que el infierno es eterno es porque ninguna cantidad de castigo a través del tiempo finito tiene un significado último comparado con la eternidad. Cuando se le compara con la eternidad, castigar a alguna persona por mil años o aun un millón de años sería como un nano segundo en comparación—realmente no tendría del todo ningún sentido—de nuevo, cuando se le compara con la eternidad. Entonces eso constituiría una negación de la justicia verdadera, algo que es imposible para Dios. Una vez que tenemos la eternidad a la vista, un castigo justo debe de ser eterno porque algo menos que eso no tiene sentido y por consiguiente sería injusto. Imagínese a Dios castigando a alguien como Adolfo Hitler durante un millón de años y luego permitirle entrar a un cielo eufóricamente bendecido para toda la eternidad. Ese millón de años no tendría ningún significado comparado con su eternidad en el cielo y por lo tanto no constituiría ningún castigo del todo. Desafortunadamente, lo que la mayoría de las personas no se dan cuenta es que aun el pecado más pequeño merece el castigo eterno ante un Dios infinitamente santo. No podría ser de otra manera si estamos hablando de la verdadera e infinita santidad y justicia.

Una tercera razón por la cual el infierno es eterno es porque los incrédulos solamente pueden llevarse a la eternidad lo que verdaderamente son —sus naturalezas pecadoras no redimidas. De esa manera, todas estas personas estarán pecando eternamente—y el único castigo posible para un pecado eterno es un castigo eterno.

Las personas humanas imperfectas y no redimidas no son hechas sin pecado de manera mágica cuando mueren—vivirán para siempre como ellas son, i.e., como pecadoras. Si las personas en el infierno no tienen pecado, entonces deben de ser pecadoras; si son pecadoras, continuarán pecando. El “rechinar de dientes” al que Jesús se refirió es sugestivo. Nadie estará contento en el infierno, a pesar de los aparentes grados de castigo (como en Juan 11:11, 22, 24). Habrá llanto y rechinar de dientes en un estado de tormento eterno que comprende la paradoja de la “más densa oscuridad” y del “fuego que nunca se apagará” (Mateo 3:12; 25:46; Apocalipsis 20:10; 2 Pedro 2:17). Si eso no sugiere un gran dolor, el rechinar de dientes sugiere cosas como odio, desprecio y cólera, pero ¿hacia dónde pueden estos ser dirigidos? Quizás en algún grado se dirigen hacia dentro, pero posiblemente sean más en contra de Dios y la justicia perfecta de un Juez infinito, a pesar de lo irracional que esta cólera en contra de Dios pueda ser. En resumen, las personas en el infierno continúan pecando en contra de Dios para siempre, aunque solo sea en pensamiento—en otras palabras ellas pecan eternamente. Pero de nuevo, ¿qué otro castigo hay para el pecado eterno sino el castigo eterno? Pareciera entonces que las personas mismas realmente se convierten en su propio castigo eterno. Lea la Parte 3.

Notas

  1. Vea The Pleasures of God [Los Placeres de Dios] de John Piper.

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